La Biblioteca Británica, en Londres.

Gutenberg fue el primer “hacker”

La Biblioteca Británica ha estrenado mobiliario. En los corredores y descansillos se disponen nuevas mesas con tapete negro, sofás individuales, asientos acolchados en bancos corridos o tableros circulares para compartir. Un murmullo sordo tejido de susurros y pasos envuelve el magnífico vestíbulo y humaniza el silencio, que se recluye en las salas de lectura.

Es un punto de encuentro espontáneo lleno de vida. De personas que leen, navegan, descansan, almuerzan o toman café, en la plaza exterior o en el interior del edificio de ladrillo rojo, erigido en 1998 junto al hervidero de las estaciones de metro y ferrocarril de King’s Cross y St. Pancras. Las bibliotecas son oasis. Las imponentes, como la Británica. Y las chiquitas, las de barrio, donde sus bibliotecarios y bibliotecarias ejercen de amables guardianes del tesoro fugados de las páginas de algún cuento de sus estanterías. Asesoran a los ciudadanos, preparan rincones monográficos y personalizan los espacios como si fuesen decoradores de interiores que se afanan por que cada nueva visita sea estimulante. Hay experiencias en Estados Unidos relacionadas con las bibliotecas y su papel en el activismo ciudadano en los barrios que resultan muy interesantes. Y que recuerdan la importancia de su ubicación: Pamplona perdió una oportunidad fenomenal cuando desterró la Biblioteca General de Navarra al límite de la ciudad con Barañáin en lugar de apostar por el corazón de la ciudad.

En la entreplanta de la Biblioteca Británica, a la izquierda de la entrada, una galería luce el nombre del empresario inmobiliario y mecenas londinense que donó un millón de libras esterlinas para acondicionarla: Sir John Ritblat. Acoge una muestra permanente de más de 200 libros y documentos, los llamados tesoros de la biblioteca. Manuscritos de Leonardo da Vinci y Shakespeare, un fragmento de papiro egipcio del siglo IV, magníficos rollos ilustrados japoneses o indios del siglo XVII, almanaques chinos del año 877, ejemplares escogidos entre los 4,5 millones de mapas de la National Collection of Maps and Views, un volumen de la carta magna que el rey Juan I de Inglaterra sancionó en 1215 o el folio manuscrito con la letra de Yesterday que Paul McCartney trazó con rotulador oscuro en 1965.

En una vitrina sobre una de las mesas descansa, discreto, uno de los 180 ejemplares de la biblia de Gutenberg que se imprimieron en 1454–1455 en Maguncia (Alemania). 366 páginas. 42 líneas de texto justificado a dos columnas. Tipografía gótica, textura, que emula la caligrafía de los escribas. Capitular inmensa, una F en la página que ofrece el lomo abierto. Texto enmarcado por motivos florales, luminosos, elaborados a mano. Ocres, azules turquesa, verdes zafiro. Un jilguero, dos; y lo que parece una abubilla.

Las 336 páginas de la biblia se pueden contemplar con todo detalle en alta resolución en internet gracias a un proyecto de digitalización de la Fundación Polonsky en el que participan la Bodleian Library -la principal biblioteca de investigación de la Universidad de Oxford- y la Biblioteca Apostólica Vaticana. Pero me atraía el objeto. Tocarlo. Aunque fuera con los ojos. Es del tamaño de un diario, vaya. Imaginé la imprenta, las linotipias y el plomo que no conocí. Recordé las rotativas que ahora languidecen. Pensé en los periódicos como objetos bellos y efímeros, nacidos de la innovación de Gutenberg y condenados ahora a una suerte de agonía. Y me vinieron a la cabeza algunos colegas que los veneran casi por encima del periodismo. Y les comprendí un poco más.

La historia se repite 600 años después

A 14 kilómetros de la sala Ritblat, en el sureste de Londres, en la península de Greenwich, 1.600 personas aullaban y vitoreaban al verdugo de la herencia de Gutenberg. O al renovador de su legado. En el Mozilla Festival nos reunimos programadores, intelectuales, periodistas, educadores, voluntarios y activistas sociales de 50 países para trabajar en torno a la idea de una internet sin fronteras ni dueños, convertida en espacio público libre, global, democrático y participativo, que aliente el debate y la construcción social.

La historia se repite casi 600 años después, ahora encendida por el efecto multiplicador de unos y ceros. Hay quienes hoy satanizan internet como algunos hicieron entonces con los primeros libros de Gutenberg, incrédulos de que tal cantidad de ejemplares se hubiesen fabricado sin la intervención del maligno.

El orfebre Johannes Gutenberg compartía con los periodistas su alma de artesano, más inclinada a ejercer con pasión su oficio que a enriquecerse. Gutenberg fue el primer hacker. Supo combinar diferentes tecnologías y adaptarlas para alumbrar una innovación de efectos revolucionarios: democratizó el acceso a la cultura y al conocimiento; los libros salieron de los monasterios, las universidades y los palacios, y se acercaron progresivamente a los ciudadanos. “Cambió la cara y el estado de las cosas en todo el mundo, con un poder e influencia que ningún imperio, secta o estrella parece haber ejercido en los actos humanos”, escribió Francis Bacon.

La cita de Bacon la recoge Nicholas Carr en su ensayo “Superficiales”, un análisis de la influencia que tuvo en su época el libro impreso y que ahora ejerce internet al modificar la forma en que pensamos. Continúa Carr: “Cuando los libros se convirtieron en un objeto de uso común, la gente pudo intercambiar observaciones más directamente, con un gran aumento en la exactitud y el contenido de la información transmitida. Los libros permiten a los lectores contrastar sus pensamientos y experiencias no sólo con los preceptos religiosos, integrados en símbolos o expresados por el clero, sino con los pensamientos y experiencias de cualquier otra persona. Las consecuencias culturales y sociales fueron tan numerosas como profundas, abarcando desde la agitación política y religiosa a la supremacía del método científico como principal medio para definir la verdad y dar sentido a la existencia”.

Quizá la herencia de Gutenberg está más viva que nunca e internet, como augura el profesor Víctor Sampedro, ayudará a salvar el periodismo.

Este post se publicó en el blog de DN Lab el 6 de noviembre de 2014.

Periodista. Fundador y director del Instituto de Periodismo Constructivo. Solutions Journalism Network LEDE Fellow. Acumen Fellow.

Periodista. Fundador y director del Instituto de Periodismo Constructivo. Solutions Journalism Network LEDE Fellow. Acumen Fellow.